18/6/2026 - El despliegue de miles de militares en las calles, la constante renovación de los estados de excepción y las promesas de construir megacárceles al puro estilo del Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador fueron las insignias con las que el gobierno de Daniel Noboa buscó importar el "modelo Bukele" a Ecuador. 

Sin embargo, los datos de criminalidad y la cruda realidad de las provincias costeras demuestran que las fórmulas que vaciaron de pandillas las calles salvadoreñas están chocando contra un muro de violencia e ineficacia en el territorio ecuatoriano.

Ecuador cerró como uno de los años más violentos de su historia y, pese a la declaración de una "guerra total" contra el crimen organizado y la militarización del país, la violencia no ha retrocedido; simplemente ha mutado de piel. 


¿Por qué la receta de la supermano dura no está funcionando aquí?

La primera gran falacia de la réplica ecuatoriana radica en la naturaleza del adversario. En El Salvador, Nayib Bukele se enfrentó a las maras (la MS-13 y el Barrio 18), organizaciones criminales jerárquicas, territoriales y de control local que dependían en gran medida de la extorsión a pie de calle y el narcomenudeo. Eran fáciles de identificar por sus tatuajes y su presencia física. En Ecuador, el panorama es radicalmente distinto y mucho más complejo.

En primer punto, los grupos delictivos locales (como Los Choneros o Los Lobos) operan como franquicias y brazos logísticos de titanes del narcotráfico global, como los carteles mexicanos (Sinaloa y Jalisco Nueva Generación) y la mafia albanesa.

Agregado a ello, Ecuador es el principal puerto de salida de la droga que se produce en Colombia y Perú. El Salvador nunca fue una ruta neurálgica de exportación a gran escala, sino un territorio de tránsito menor. El volumen de dinero que fluye por los puertos ecuatorianos permite un nivel de corrupción que desborda las capacidades de contención del Estado.

Solo con el uso de la fuerza es imposible privar a los grupos criminales ecuatorianos de sus riquezas. El río de cocaína que atraviesa el país no puede ser represado únicamente con fusiles." — Informe de la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA).


Un Estado carcomido desde las entrañas

Para que un régimen de excepción funcione al estilo salvadoreño, se necesita un control absoluto e incontaminado de las fuerzas de seguridad y el sistema judicial. En Ecuador, investigaciones judiciales como el Caso Metástasis dejaron en evidencia que el crimen organizado no está en los márgenes de la sociedad, sino incrustado en las cortes de justicia, la policía, las fuerzas armadas y el propio sistema penitenciario.

Mientras en El Salvador el Estado logró aislar a los criminales, en Ecuador los traslados de reos y las purgas carcelarias suelen desencadenar respuestas terroristas en las calles. La captura y posterior extradición de ciertos líderes criminales no descabeza las estructuras, sino que provoca una fragmentación: surgen decenas de microbandas más violentas e impredecibles que compiten a balazos por el control de los barrios.

El gobierno intenta proyectar una imagen de control total mediante imponentes desfiles militares en Guayas, Manabí o Los Ríos. No obstante, la ciudadanía vive una realidad paralela y asfixiante. La violencia se ha vuelto silenciosa pero constante.

Aunque se desplieguen tanquetas en las avenidas principales, las extorsiones a pequeños comerciantes y familias llegan directamente por mensajes de WhatsApp desde el interior de las propias cárceles o desde el extranjero. Menos masacres televisadas no significan paz. Las bandas criminales han normalizado el cobro de peajes urbanos, sustituyendo el control del Estado por una gobernanza criminal en la sombra.

Convertir las medidas excepcionales y los toques de queda en una forma permanente de gobernar tiene un costo altísimo. El presupuesto estatal se desangra intentando mantener a 13,000 militares patrullando las provincias costeras, mientras el sistema de salud pública colapsa, las escuelas cierran por amenazas y los cortes de energía golpean la productividad.


La paz no se impone, se construye

El error de cálculo del gobierno ecuatoriano ha sido confundir la espectacularidad de la comunicación política con la efectividad de la política pública. El "modelo Bukele" requiere condiciones de control territorial, escala geográfica y aislamiento financiero que Ecuador simplemente no posee. 

Mientras la estrategia de seguridad se limite a reaccionar en las calles con patrullajes vistosos, descuidando el control de los puertos, el lavado de activos en el sistema financiero y la falta de oportunidades para los jóvenes que son reclutados por el narco, la mano dura seguirá siendo lo que es hasta ahora: un costoso espejismo electoral que se paga con vidas humanas.