26/7/2026 - La política salvadoreña suele ofrecer giros de guion inesperados, pero pocos tan contradictorios como el protagonizado por la dirigencia de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
El presidente de ARENA, Carlos Saade, confirmó hoy que el partido tricolor participaría en la ilegal contienda electoral de 2027, dejando atrás, los discursos vacíos de que no participarían en una "ilegal" elección.
Luego de meses de discursos vehementes en los que cuestionaban la legitimidad del marco institucional, denunciaban la falta de garantías democráticas y sugerían marginarse de los comicios presidenciales, la cúpula del tricolor dio un giro radical: anunció que está "lista" para presentar candidaturas y competir en las elecciones generales de 2027.
La contradicción salta a la vista. ¿Cómo pasó ARENA de señalar que participar en un proceso con estas reglas implicaba convalidar un sistema antidemocrático a autoproclamarse como la "única plataforma seria" para encabezar la contienda?
Durante la crisis política previa, la narrativa tricolor buscaba posicionar al partido como una fuerza de principios que no prestaría su bandera a un escenario electoral adverso.
La narrativa era contundente: participar bajo las reglas vigentes equivalía a legitimar el estado de cosas. Sin embargo, el anuncio formal encabezado por su presidente, Carlos García Saade, desmontó en cuestión de minutos ese edificio de supuesta coherencia ética.
Al declarar que el partido "ha limpiado la casa" y que sale al ruedo electoral para "recuperar el terreno", ARENA borró con el codo lo que había escrito con la mano. La decisión expone que sus reservas iniciales no obedecían a un principio inquebrantable, sino a un mero cálculo de sobrevivencia e indefinición interna.
El costo de la inconsistencia ante el electorado
El principal problema de este cambio de postura no es solo la incoherencia discursiva, sino el mensaje de fragilidad que envía a la ciudadanía y a su propia militancia. Surgen tres vertientes:
Pérdida de credibilidad moral: Al criticar ferozmente la cancha electoral para luego saltar a ella sin que las condiciones hayan cambiado, el partido pierde el sustento ético de sus denuncias.
Confusión en el bloque opositor: La falta de una línea clara desgasta cualquier intento de articular un frente opositor unificado o una alternativa ciudadana sólida.
Pragmatismo de supervivencia: Para amplios sectores de la población, la decisión evidencia que la prioridad del partido es mantener presencia formal en el mapa político e institucional antes que sostener un proyecto ético coherente.
Al sumarse a la contienda de 2027, ARENA arrastra no solo el peso de su pasado y la debacle electoral sufrida en los últimos ciclos, sino la sospecha latente de que sus decisiones responden más a la improvisación que a una visión de país clara.
Si la dirigencia tricolor pretende ser leída como una opción real frente al electorado, necesitará mucho más que videos promocionales y lemas de "casa limpia". La ciudadanía exige nitidez ideológica y compromiso real, virtudes que, con este repentino cambio de parecer, han quedado seriamente en entredicho.
