2/10/2026 - El artículo de The Economist sobre Nayib Bukele y la inteligencia artificial en El Salvador es un ejemplo paradigmático de cómo el periodismo occidental construye narrativas sobre el desarrollo tecnológico en el Global South a través de lentes eurocéntricas, mezclando observaciones válidas sobre riesgos democráticos con un paternalismo que revela más sobre los prejuicios del medio que sobre la realidad salvadoreña.
1. El titular como operación ideológica
El titular "The dictator's laboratory" (El laboratorio del dictador) no es inocente. La elección de la palabra "laboratorio" evoca imágenes de experimentación en seres humanos, de pruebas sin consentimiento. Es un lenguaje que deshumaniza a la población salvadoreña, reduciéndola a cobayas de un régimen autoritario.
Sin embargo, esta metáfora nunca se aplica cuando países occidentales implementan tecnologías similares. Cuando Estonia digitalizó todo su gobierno, o cuando Finlandia usa IA en sus escuelas, nadie habla de "laboratorios". La diferencia no está en la tecnología, sino en quién la implementa.
2. La paradoja del "autoritarismo tecnológico"
El artículo sugiere que el uso de IA por parte de Bukele es particularmente peligroso porque combina "represión" con "innovación". Pero esta combinación no es exclusiva de El Salvador:
- Estados Unidos usa algoritmos de predicción policial que discriminan a comunidades minoritarias.
- La Unión Europea implementa sistemas de reconocimiento facial en fronteras.
- China tiene un sistema de crédito social basado en IA.
Ninguno de estos casos recibe el tratamiento de "laboratorio dictatorial". El sesgo está en asumir que cuando un país latinoamericano adopta tecnología, es inherentemente sospechoso, mientras que cuando lo hacen las potencias, es "modernización".
3. La omisión del contexto
El artículo menciona que Bukele busca "otra historia de éxito" después de reducir la violencia, pero no profundiza en qué significa esto para la población. El Salvador pasó de ser uno de los países más violentos del mundo a tener tasas de homicidio históricamente bajas. Para millones de salvadoreños, esto no es un "experimento" — es la posibilidad de vivir sin miedo.
Al ignorar esta perspectiva ciudadana, The Economist prioriza el análisis institucional occidental sobre la experiencia vivida de los salvadoreños. Es el clásico "yo sé lo que te conviene mejor que tú".
4. El problema real que el artículo no aborda
Donde el artículo sí tiene razón es en señalar los riesgos de concentración de poder. La combinación de IA + control institucional + ausencia de contrapesos es efectivamente peligrosa. Pero este problema no es salvadoreño — es global.
La pregunta que el artículo evita hacer es: ¿por qué un país como El Salvador, excluido históricamente de los beneficios de la globalización, no debería aprovechar herramientas que potencias tecnológicas usan constantemente? La respuesta implícita —"porque no están listos para tanta tecnología"— es profundamente condescendiente.
5. La respuesta de Bukele y el juego de la comunicación política
La reacción de Bukele ("¿Dejaste algún artículo en tu propaganda?") revela algo importante: el presidente salvadoreño ha aprendido a usar estas críticas occidentales como combustible político interno. Cada vez que The Economist o medios similares publican piezas como esta, Bukele puede decirle a su base: "Vean cómo las élites globales nos atacan por atrevernos a innovar".
El artículo, sin quererlo, termina fortaleciendo al líder que pretende criticar.
El artículo de The Economist no es falso en sus datos, pero es problemático en su enfoque. Mezcla preocupaciones legítimas sobre democracia con un tono que sugiere que los países en desarrollo no deberían tener acceso a herramientas tecnológicas avanzadas sin supervisión occidental.
Un periodismo más honesto preguntaría: ¿Por qué El Salvador implementa IA? ¿Qué problemas reales resuelve para su población? ¿Cómo se comparan sus riesgos con los de otros países? Y lo más importante: ¿Quién tiene derecho a decidir qué tecnología es "apropiada" para cada nación?
Hasta que estos medios no se hagan esas preguntas, seguirán siendo —irónicamente— laboratorios de narrativas coloniales disfrazadas de análisis objetivo.
