10/7/2026 - La discusión sobre el modelo político implantado por el salvadoreño Nayib Bukele ha tomado un nuevo e inflamatorio matiz tras las recientes declaraciones de la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez. Conocida por su férrea defensa del libertarismo y sus históricas críticas a la izquierda bolivariana, Álvarez ha encendido el debate regional al trazar un paralelismo directo entre las maniobras inconstitucionales de Bukele y los métodos utilizados en su día por el fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez.
Las afirmaciones de Álvarez ponen el dedo en la llaga sobre una realidad incómoda para muchos: el doble rasero con el que se juzga el autoritarismo en América Latina dependiendo de la ideología de quién lo ejerza.
Álvarez argumentó con severidad que la modificación y reinterpretación de las reglas constitucionales en El Salvador para facilitar la continuidad y el control absoluto del poder replican fielmente el libreto de la autocracia del siglo XXI.
La politóloga señaló que, de la misma manera en que Chávez moldeó las instituciones venezolanas a su conveniencia bajo un aura de "voluntad popular", el gobierno de Bukele ha avanzado sobre la separación de poderes, reformando las estructuras judiciales y legislativas para atornillarse en el cargo.
"Resulta que cuando es Bukele el que cambia la Constitución, para atornillarse, está bien... porque me cae bien, el latino es un animal que ama a su dictador, no es cuestión de libertad ni de república", sentenció Álvarez en una dura crítica a la complacencia ciudadana ante el fenómeno del "autoritarismo cool".
"Y Bukele comienza a cambiar la Constitución, igualito que Chávez, está bien, porque me cae bien, entonces sí", agregó.
La peligrosa trampa del "Dictador Eficaz"
El núcleo de la crítica periodística no reside únicamente en la ilegalidad de las reformas jurídicas —las cuales ya han sido denunciadas de manera sistemática por organismos internacionales de derechos humanos— sino en la alarmante validación social de estas violaciones.
Bukele ha cimentado su inmensa popularidad en políticas de seguridad altamente efectivas pero restrictivas en libertades civiles, un intercambio que la sociedad salvadoreña ha aceptado gustosamente tras décadas de terror pandillero.
Sin embargo, como bien apunta el análisis de las declaraciones de Álvarez, el éxito en la gestión de la seguridad pública no puede operar como un cheque en blanco para el desmontaje del Estado de Derecho. Modificar los límites constitucionales —ya sea para la reelección o para perpetuar el control partidario— tiene el mismo sabor autocrático, sin importar si el líder viste de rojo bolivariano o utiliza gorra de béisbol invertida en redes sociales.
Las advertencias de figuras como Gloria Álvarez obligan a reflexionar sobre el futuro de la región. Si la legalidad democrática se vuelve maleable según la simpatía que genere el gobernante de turno, América Latina corre el riesgo de quedar atrapada en un ciclo sin fin de caudillismos eternos. Cambiar las reglas del juego democrático para perpetuarse en el poder no es "refundar la nación"; es, simple y llanamente, una ilegalidad vestida de legitimidad popular.
