30/8/2026 - Mientras familias salvadoreñas desgarran el cielo con gritos de auxilio, el presidente Nayib Bukele mantiene la mirada fija en su teléfono, ocupado en publicar memes y videos de su "guerra contra las pandillas". 

El drama de decenas de connacionales engañados, reclutados con falsas promesas de trabajo y arrojados como carne de cañón al frente de batalla en Ucrania, no merece ni una sola línea de su cuenta de X ni una declaración de la Cancillería salvadoreña.

La historia se repite con crudeza: salvadoreños desesperados por la crisis económica que el propio gobierno niega existir, cayeron en redes de tráfico de personas operadas desde El Salvador con destino a Rusia. Les prometieron empleos dignos, visas de trabajo, un futuro. Lo que encontraron fue un entrenamiento militar forzado y la obligación de combatir en una guerra que no es la suya, por un régimen que invade soberanías ajenas.

Algunos ya están muertos. Otros, desaparecidos en el limbo de un conflicto que su propio gobierno se niega a condenar.


La neutralidad cobarde

El silencio de Bukele no es nuevo. Desde la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, El Salvador fue el único país de la región que se abstuvo en la OEA de condenar la agresión. Mientras Centroamérica alzaba la voz contra la violación del derecho internacional, el gobierno de Bukele calculaba sus intereses: una visita a Moscú, acuerdos energéticos sospechosos, y una alianza tácita con el Kremlin que hoy se cobra en vidas salvadoreñas.


¿Qué explica esta omisión criminal? No es ignorancia. Es elección política.

Bukele ha construido su imagen internacional como "rompedor de moldes", pero ante Moscú se arrodilla con la docilidad de quien tiene cuentas pendientes que saldar. La pregunta incómoda que la prensa oficialista evita es simple: ¿qué intercambio de favores existe entre el gobierno de El Salvador y el régimen de Putin que impide al presidente defender a sus propios ciudadanos?


La doble moral del "defensor del pueblo"

El mismo presidente que moviliza al Ejército para ruidosas operaciones mediáticas contra pandilleros, que presume de "recuperar la soberanía" de barrios enteros, es incapaz de exigir explicaciones a una potencia extranjera que secuestra, recluta por engaño y desaparece a salvadoreños.

Las familias afectadas denuncian que el Ministerio de Relaciones Exteriores les ha dado largas. Las embajadas no responden. El consulado rusea —cuando atiende— repite discursos del Kremlin. Y el presidente, siempre activo en redes para atacar opositores o celebrar encuestas compradas, no ha dedicado ni un tuit a los compatriotas vendidos a la guerra.

Esta indiferencia revela el verdadero rostro de un gobierno que habla de "el pueblo" pero solo protege a quienes le sirven para la foto. Los migrantes engañados no votan en encuestas. No asisten a los mítines. No aplauden en los estadios. Por eso son descartables.


Un crimen que exige respuesta

El reclutamiento engañoso de ciudadanos para enviarlos a combatir en conflictos armados constituye, según el derecho internacional, una forma de trata de personas y crimen de lesa humanidad. Que el gobierno salvadoreño no solo no investigue estas redes, sino que se niegue a exigir la repatriación de los sobrevivientes y la devolución de los cuerpos de los fallecidos, configura una violación sistemática de los derechos humanos de sus propios nacionales.

La oposición, acorralada y criminalizada, apenas logra susurrar exigencias que deberían ser estruendosas. La sociedad civil organiza colectas para repatriar cadáveres porque el Estado se lava las manos. Y Bukele sigue construyendo su maquinaria de propaganda, indiferente al dolor de quienes confiaron en que su gobierno los protegería.

El silencio del presidente no es neutralidad. Es complicidad. Mientras salvadoreños mueren en trincheras ucranianas por culpa de redes de tráfico que operan impunemente desde suelo salvadoreño, el "líder millennial" demuestra que su retórica populista es, al final, un espejismo: cuando los pobres de su país necesitan verdaderamente un defensor, él está demasiado ocupado buscando aplausos en otros escenarios.

Las familias claman justicia. Los desaparecidos claman por volver. Y el presidente sigue sin pronunciarse.

Porque en el El Salvador de Bukele, la vida de un salvadoreño vale menos que un like en redes sociales.