6/10/2026 - El Salvador consumó este lunes lo que durante meses se veía venir: su descenso a la Liga B de la Concacaf Nations League. El empate 1-1 ante Martinica —una selección de barely 375,000 habitantes— selló una condena que realmente se gestó mucho antes de que el árbitro pitara el final en el estadio Pierre-Aliker.

La estadística es demoledora: dos derrotas consecutivas (0-2 ante Jamaica como local) y un empate agónico ante Martinica que no alcanzó para nada. El Salvador se despide de la Liga A no por mala suerte, sino por mérito propio. Cuando una selección que se autoproclama "grande" de Centroamérica no puede ganarle en condición de visitante a una isla caribeña cuya población no llega al 6% de la salvadoreña, el problema trasciende lo deportivo.


El "proceso" de Bolillo: promesas vacías

Hernán Darío "Bolillo" Gómez llegó con discurso de reconstrucción y "proceso". Lo que entregó fue un equipo sin identidad, sin rumbo y —lo peor— sin actitud. La derrota ante Jamaica en el Cuscatlán fue el síntoma de una enfermedad crónica: un plantel que parece jugar por obligación, no por convicción.

El técnico colombiano prometió renunciar si descendían. Que cumpla. Pero más allá de la figura del entrenador, la pregunta incómoda es: ¿quiénes seguirán? Porque cambiar de técnico sin revisar la estructura podrida de la Federación Salvadoreña de Fútbol es como cambiar de capitán en un barco que se hunde por agujeros en el casco.

Durante años hemos escuchado sobre "procesos", "proyectos de largo plazo" y "planificación". La realidad es que El Salvador no produce talento de exportación desde hace décadas. Mientras Honduras, Guatemala y hasta Panamá colocan jugadores en ligas importantes, la Selecta depende de legionarios de segunda línea en Estados Unidos y un puñado de jugadores de la Liga local que no compiten al nivel internacional.

El descenso a la Liga B no es solo una cuestión de prestigio herido. Es una pérdida económica considerable (menos premios de Concacaf, menos exposición), pero sobre todo es una sentencia a jugar contra selecciones de menor nivel, lo que perpetúa el círculo vicioso: menos competencia, menos exigencia, menos desarrollo.

¿Dónde está la reacción de la FESFUT? ¿Dónde están los análisis serios sobre por qué fallamos sistemáticamente en categorías inferiores? El descenso de la Selecta mayor es solo la punta del iceberg de un sistema que no forma, no compite y no mejora.

Mientras tanto, los aficionados —esos que llenaban el Cuscatlán en épocas mejores— siguen abandonando el estadio. Y no es por falta de amor al equipo, es por cansancio de ver lo mismo una y otra vez: promesas, fracasos, excusas.


El espejo de Martinica

Que Martinica, una selección que ni siquiera es miembro pleno de FIFA, haya sido la que sentencie el descenso debería ser motivo de reflexión profunda. No es una derrota ante una potencia. Es un empate ante un equipo que no tiene nuestros recursos, nuestra infraestructura (deficiente, pero existente) ni nuestra "pasión".

El Salvador no perdió por falta de talento. Perdió por falta de proyecto, de dirección técnica seria y de una federación que parece más preocupada por cuestiones administrativas que por lo que pasa en la cancha.


¿Y ahora qué?

La Liga B espera. Partidos ante selecciones como Bermudas, Barbados o Cuba. El "proceso" continúa, dirán algunos. Pero la verdad es que este descenso debería ser el punto de quiebre para una revisión estructural profunda. No más excusas. No más "procesos" sin resultados.

La Selecta tocó fondo. La pregunta es si quienes manejan el fútbol salvadoreño tienen la humildad de reconocerlo y la determinación de cambiarlo. La historia reciente no da motivos para el optimismo.