6/7/2026 - El anuncio oficial fue, como es costumbre en la gestión del presidente Nayib Bukele, un despliegue de alta factura técnica y discursiva. El programa “Dos Escuelas por Día”, lanzado como la respuesta definitiva al histórico abandono de la infraestructura escolar en El Salvador, promete una transformación radical del entorno donde estudian miles de niños y jóvenes. 

Con la habilitación del portal web interactivo para fiscalizar los avances y las recientes inauguraciones de complejos de primer nivel, la narrativa gubernamental busca fijar la idea de una revolución educativa sin precedentes, respaldada por una inversión declarada del 4.40% del Producto Interno Bruto (PIB).

Sin embargo, detrás del brillo de las canchas techadas, los laboratorios modernos y las fachadas recién pintadas por la Dirección de Obras Municipales (DOM), la realidad del sistema educativo salvadoreño exige una lectura que vaya más allá de la propaganda.


El peso de las promesas retrasadas

El primer punto crítico del programa radica en su propio origen. "Dos Escuelas por Día" no es una iniciativa enteramente nueva, sino la mutación de una promesa incumplida. En septiembre de 2022, el Ejecutivo lanzó con bombos y platillos el proyecto “Mi Nueva Escuela”, comprometiéndose a intervenir 5,150 centros escolares en un lapso de cinco años (un promedio de mil escuelas por año).  

El propio mandatario tuvo que reconocer públicamente que el ritmo inicial fue lento y que la situación real de los centros educativos superó las proyecciones del gobierno. El cambio de nombre y de metodología a "Dos escuelas por día" es, en la práctica, un intento de acelerar el paso frente a un evidente retraso en los cronogramas originales de infraestructura.


¿Paredes nuevas para un modelo viejo?

El verdadero debate no gira en torno a si el país necesita o no mejores escuelas —una urgencia innegable tras décadas de desidia de los gobiernos de ARENA y el FMLN—, sino a la integralidad de la reforma. Una escuela no son solo sus ladrillos. Mientras el gobierno enfatiza la entrega de tabletas, computadoras y techos termoacústicos, sectores del magisterio y especialistas en pedagogía señalan vacíos alarmantes en otras áreas vitales: a pesar del porcentaje del PIB anunciado, la Universidad de El Salvador (UES) y diversos centros de educación básica han enfrentado constantes reclamos por retrasos en transferencias presupuestarias y recortes en áreas operativas esenciales.

La entrega de tecnología digital es un paso importante, pero no sustituye la necesidad urgente de una reforma curricular profunda adaptada a las demandas de la economía global del siglo XXI. Por si eso fuera poco, la dignificación del maestro, la actualización de sus competencias pedagógicas y la mejora de sus condiciones salariales siguen siendo asignaturas pendientes que la pintura fresca no puede cubrir.

"Aulas del siglo XXI con metodologías del siglo XX no garantizan un salto de calidad. La infraestructura es el contenedor, pero el contenido sigue descuidado", señalan analistas independientes de políticas públicas.


El reto de la sostenibilidad y la descentralización

Ejecutar obras a un ritmo de dos por día a través de la DOM plantea serias dudas sobre la fiscalización de los fondos públicos y los criterios de priorización. En un ecosistema institucional con escaso acceso a la información pública, auditar el costo real por metro cuadrado de estas remodelaciones se vuelve una tarea casi imposible para la sociedad civil.

Además, existe el riesgo de que el programa se convierta en una estrategia de "islas de excelencia": centros escolares perfectamente equipados que son utilizados para transmisiones en vivo y cadenas nacionales, mientras cientos de escuelas rurales en los cantones más profundos del país siguen esperando que les reparen los techos o les aseguren servicios básicos como agua potable y saneamiento.

El programa "Dos Escuelas por Día" es una apuesta ambiciosa que, visualmente, cumple con la promesa de dignificar el espacio físico de los estudiantes beneficiados. Nadie puede negar la alegría de una comunidad que recibe una escuela nueva. 

Sin embargo, el periodismo crítico tiene la obligación de recordar que un sistema educativo robusto no se mide por la velocidad con la que se corta una cinta de inauguración, sino por la solidez de sus aprendizajes, la transparencia de sus finanzas y el desarrollo humano de sus estudiantes a largo plazo. Hasta que la inversión en el pensamiento sea igual de agresiva que la inversión en la obra gris, el cambio seguirá siendo, primordialmente, de fachada.