16/9/2026 - Un reciente análisis expuesto por el economista Rafael Lemus —sobre datos de encuestas de hogares en El Salvador— revela una fractura estructural en la economía doméstica: mientras la cifra global de pobreza total se mantiene estática en la superficie, la composición interna de las privaciones se ha deteriorado gravemente. 

La noticia de que la pobreza extrema en El Salvador saltó del 4.7% al 7% entre 2019 y 2025 —según datos de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM)— debería funcionar como un espejo que devuelve la imagen distorsionada del relato oficial. 

Mientras el gobierno de Nayib Bukele celebra récords históricos de inversión extranjera y una deuda pública que creció 86% en seis años (pasando de 19,200 a 35,764 millones de dólares), cientos de miles de salvadoreños han migrado de la pobreza relativa a la extrema.


El fenómeno del "desplazamiento hacia abajo" 

La estabilidad en el indicador de pobreza general no es un signo de resiliencia económica, sino una ilusión estadística. Lo que ha ocurrido en el país no es una salida de la vulnerabilidad, sino una movilidad social descendente dentro del propio segmento de bajos ingresos:

Familias que antes lograban cubrir sus necesidades alimentarias básicas e infraestructura mínima (pobreza relativa) han caído por debajo del umbral del costo del plato de comida diario (pobreza extrema).

Este deterioro se agravó en departamentos antes con mejores métricas relative, como Cabañas y San Salvador (donde la pobreza extrema llegó a duplicarse), evidenciando que el fenómeno es sistémico y no aislado a zonas rurales desatendidas.


La inflación de alimentos como detonante

Con una canasta básica alimentaria de referencia fijada en aproximadamente $260 USD mensuales para un hogar promedio, y una brecha de $520 USD necesaria para cubrir servicios esenciales (salud, educación, transporte y servicios públicos), la inflación ha actuado como un impuesto implícito sobre los hogares más vulnerables:

Un incremento acumulado del 31 % en el rubro de alimentos desde 2019 redujo el poder adquisitivo real, provocando que $100 USD de gasto representen únicamente el 69 % de los bienes alimentarios que se adquirían antes de la pandemia y del choque inflacionario global.

El ajuste familiar —expresado en sustitución de proteínas por carbohidratos de bajo costo o la reducción de tiempos de comida— refleja la falta de amortiguadores o redes de protección social efectivas frente a la subida de precios.


Centralismo económico y desequilibrio territorial 

La concentración del dinamismo, la inversión privada y las oportunidades laborales en el área metropolitana (San Salvador y La Libertad) acentúa la brecha de ingresos con el resto del país. Al carecer de una política de desarrollo territorial distribuida, la falta de activos productivos en la periferia rural desprotege a las comunidades ante cualquier choque económico exterior o climático.


Cuestionamientos de fondo para el debate

Eficiencia del gasto público: Frente a la prioridad gubernamental centrada en infraestructura visible y seguridad ciudadana, ¿cuáles han sido las medidas directas de transferencia o contención social para evitar la malnutrición en la franja más vulnerable?

Sostenibilidad del salario mínimo: Con un umbral de pobreza total estimado en $520 USD, los salarios mínimos actuales quedan desfasados ante la pérdida del poder de compra en el costo de la canasta alimentaria urbana y rural.

Calidad de los activos productivos: La incapacidad de los hogares en pobreza extrema para generar ingresos se debe al acceso limitado a tierra, financiamiento e insumos. Sin políticas de inclusión productiva, la asistencia temporal resulta insuficiente para romper el ciclo de indigencia.


La paradoja del "milagro bukelista"

Aquí reside el núcleo incómodo: el gobierno ha construido su legitimidad sobre la promesa de seguridad y prosperidad compartida. Pero los números revelan una fractura. Mientras el país recibe calificaciones de "economía de ingreso medio-alto" y el presidente posa para fotos con líderes globales, casi 1.8 millones de personas viven en pobreza multidimensional.

El aumento de la pobreza extrema en medio de un supuesto auge económico no es una contradicción menor: es la evidencia de que el crecimiento GDP-centrico puede coexistir con la exclusión social. El Salvador no es una excepción en América Latina, pero sí es un caso paradigmático de cómo la concentración de la inversión en proyectos de infraestructura visualmente impactantes (Bitcoin City, el aeropuerto, el estadio) no traduce necesariamente en bienestar para la mayoría.