30/5/2016 - En el ecosistema político y social de El Salvador, los datos se han convertido en la nueva divisa de poder. En los últimos años, el país ha experimentado una proliferación sin precedentes de sondeos de opinión, estudios de mercado y mediciones digitales. Sin embargo, detrás de las gráficas coloridas y los titulares rimbombantes que inundan las redes sociales, late un fenómeno complejo: el auge de las encuestas financiadas o "pagadas" por actores interesados y su impacto directo en la credibilidad de la opinión pública.

Mientras que casas de estudio tradicionales y centros de investigación —como el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la UCA o el Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP) de Fundaungo— mantienen metodologías académicas auditables, decenas de nuevas firmas y consultoras digitales emergen en cada ciclo político ofreciendo "radiografías" de la realidad que, con frecuencia, contradicen las tendencias de los centros tradicionales.


El negocio de la percepción: ¿Fotografía o construcción de la realidad?

Para los expertos en comunicación política, una encuesta tiene dos funciones posibles: actuar como una fotografía del momento o servir como una herramienta de propaganda para moldear la percepción del electorado (un fenómeno conocido en ciencias políticas como el efecto arrastre o bandwagon, donde las personas tienden a alinearse con la opción que se presenta como ganadora).

"El problema no es que una encuesta sea pagada; al fin y al cabo, hacer trabajo de campo y procesar datos cuesta dinero y alguien debe financiarlo", explica un analista político local bajo condición de anonimato. "El verdadero peligro radica en la falta de transparencia: quién paga el estudio, bajo qué preguntas se construyó el cuestionario y si la muestra es verdaderamente representativa de la población salvadoreña".

El fenómeno se ha agravado con la migración de las encuestas al entorno digital. La proliferación de sondeos en plataformas como X (antes Twitter), Facebook o herramientas de recolección automatizada por WhatsApp carece de rigurosidad estadística. Al no aplicar un muestreo probabilístico, estas mediciones suelen capturar únicamente el sentir de las comunidades virtuales más activas o de "netcenters" programados para alterar los resultados.


El reto de la credibilidad en la era digital

El bombardeo constante de datos contradictorios genera un efecto colateral preocupante en los ciudadanos: la apatía y la desconfianza generalizada. Cuando tres encuestas publicadas en la misma semana muestran escenarios radicalmente opuestos sobre la economía, la canasta básica o la aprobación de un funcionario, el ciudadano común opta por descalificar la validez de todas las mediciones.

Estudios recientes sobre el consumo de medios en El Salvador señalan que, aunque la televisión sigue liderando los canales de información, las redes sociales son el terreno principal donde se libran estas batallas de datos. En este escenario, las encuestas financiadas con fines de marketing político encuentran un megáfono ideal que prioriza la viralidad por encima de la verdad estadística.

El desafío para el periodismo nacional y la sociedad civil organizada de cara a los próximos años fiscales y electorales consistirá en desarrollar mejores capacidades de auditoría de datos, exigiendo que cada número publicado venga acompañado de su respectiva receta metodológica. De lo contrario, las encuestas en El Salvador continuarán alejándose de su propósito original de escuchar a la población, convirtiéndose en meros instrumentos para dictarle qué pensar.