26/5/2026 - En la política moderna, el control de la narrativa suele ser más eficiente que la ejecución de las políticas públicas. El Salvador es, quizás, el laboratorio más avanzado de esta premisa en América Latina. El eslogan "Los mismos de siempre", acuñado por el presidente Nayib Bukele para sepultar el bipartidismo de ARENA y el FMLN, pasó de ser una audaz consigna de campaña a convertirse en una cómoda cortina de humo y en una herramienta de persecución discursiva.

Si bien la frase capitalizó de forma brillante un descontento popular legítimo tras tres décadas de corrupción e ineficiencia de los gobiernos de la postguerra, su uso prolongado desde el ejercicio del poder absoluto revela profundas contradicciones estructurales y democráticas.


El mito de la purga política

El principal talón de Aquiles de la retórica oficialista es la terca realidad de sus propias filas. Bajo el examen crítico, el argumento de una "renovación total" se desploma. El aparato gubernamental y las bancadas legislativas del oficialismo están plagados de rostros, asesores y operadores políticos formados y enriquecidos al amparo de esos mismos partidos tradicionales que hoy se satanizan.

El calificativo de "los mismos de siempre" no se aplica bajo un criterio de pasado político o de ética, sino bajo un criterio de fidelidad ciega. 

Quien jura lealtad al proyecto actual es automáticamente "purificado"; quien cuestiona o mantiene su independencia, aunque sea un actor nuevo, es arrojado al saco del pasado corrupto.


La polarización como método de gobernanza

Lejos de buscar la cohesión social, la prolongación de este eslogan funciona como una estrategia de polarización permanente. Para un gobierno que concentra los tres poderes del Estado, la existencia de un "enemigo" es indispensable para justificar el control vertical y la opacidad en el manejo de los fondos públicos.

Al reducir el debate nacional a una lucha binaria entre "buenos y malos", se anula la posibilidad de una auditoría social técnica. Cualquier crítica al endeudamiento público, a la falta de transparencia en las compras estatales o a las condiciones económicas del país es descalificada de inmediato por el aparato de propaganda estatal como un intento de "los mismos de siempre" por recuperar sus privilegios.


El peligro del vacío institucional

El verdadero peligro de esta narrativa a largo plazo no es el declive de los partidos tradicionales —cuyo colapso fue cavado por sus propios errores—, sino el desmantelamiento de la institucionalidad democrática bajo la excusa de destruirlos. Al erosionar la legitimidad de los contrapesos, la prensa independiente y las organizaciones de la sociedad civil bajo el mismo epíteto, se pavimenta el camino para un sistema donde la única verdad legal y moral emana de la figura presidencial.

Años después de su lanzamiento, la efectividad del eslogan empieza a chocar con las demandas cotidianas de la población. 

Cuando el desempleo, el alto costo de la vida y el precio de los servicios básicos presionan el bolsillo de los ciudadanos, la culpa ya no se puede transferir indefinidamente al pasado. Al final, el riesgo de gobernar mediante el señalamiento perpetuo es que, tarde o temprano, las promesas sin cumplir convierten a los nuevos gobernantes en los ejecutores de las viejas prácticas.


El asedio a las voces críticas: la visión de la sociedad civil

Para las organizaciones defensoras de derechos humanos, colectivos ambientalistas y centros de pensamiento en El Salvador, el término "los mismos de siempre" dejó de ser una crítica partidaria para convertirse en un mecanismo de estigmatización y asfixia cívica.

Diversas plataformas de la sociedad civil denuncian que el discurso gubernamental ha propiciado un ecosistema de persecución. Instituciones como Amnistía Internacional y redes locales de defensores señalan que cualquier manifestación de disidencia —venga de sindicatos, comunidades organizadas o de la prensa independiente— es etiquetada bajo este mismo epíteto con el fin de deslegitimar sus causas ante la opinión pública.

"El problema de esta narrativa no es que confronte al pasado político, sino que anula el presente cívico", apunta un informe de monitoreo de derechos humanos en la región. "Al fusionar a toda voz crítica en un solo enemigo amorfo llamado 'los mismos de siempre', se justifica de cara a la población el cierre de espacios de diálogo, la desactivación de sindicatos y la criminalización de liderazgos comunitarios".


La respuesta de la oposición: una herramienta de distracción y polarización

Por su parte, los liderazgos de los partidos de oposición (tanto tradicionales como de reciente formación, entre ellos ARENA, FMLN y VAMOS) argumentan que el uso perpetuo del eslogan actúa como un distractor sistemático frente a las deudas actuales del Ejecutivo, especialmente en el plano económico.

Los voceros de la oposición coinciden en que la retórica binaria busca mantener al país en un estado de campaña electoral permanente para evadir la rendición de cuentas sobre temas sensibles, como el alza en el costo de la vida, el endeudamiento público o las denuncias de opacidad en las compras estatales.

Asimismo, señalan la contradicción de que figuras que formaron parte de administraciones pasadas o que operaron en los partidos tradicionales hoy dirijan carteras de Estado o legislen bajo la bandera oficialista, demostrando que el calificativo se emplea bajo un estricto criterio de conveniencia política. Según los opositores, catalogar de forma masiva a los críticos como "enemigos del pueblo" no solo erosiona el tejido social, sino que fomenta un clima de intolerancia que debilita los fundamentos básicos de la coexistencia democrática.

Para comprender mejor los orígenes y la evolución de este fenómeno comunicativo, el fragmento de archivo en video donde Nayib Bukele se defiende de los ataques de los mismos de siempre resulta muy ilustrativo. Este documento audiovisual permite examinar cómo el entonces alcalde de San Salvador estructuraba su retórica frente a las dirigencias partidarias tradicionales, sentando las bases discursivas de lo que años más tarde se consolidaría como su principal narrativa de gobernanza a nivel nacional.